Los libros serán mi hogar, vendrán conmigo a dónde quiera que vaya.

AURORA

El sonido del papel rasgado, el envoltorio de un caramelo amplificado hasta doler, un bebe llorando en la plaza, el chófer diciéndole “chau”, las arcadas en el baño del bar donde se encontró con Damián. El ruido de las bocinas cuando salió apenas viendo por dónde caminaba, con lágrimas en los ojos pero percibiendo cada sonido con total claridad.

Selena sólo sabe la hora que salió de su casa. No se acuerda de sus pasos ni de las imágenes, pero sí de cada hecho por los sonidos y olores que la llevaron a encontrarse aquel día con su apático prometido.

13:02: Los autos circulando a gran velocidad mientras espera el transporte.
13:30: Arriba del colectivo donde un chico, al lado suyo, no deja de masticar olorosas galletas de sal, que saca de un paquete muy ruidoso.
13:34: El sonido del papel del caramelo que se lleva a la boca para intentar sacarse el sabor amargo, que la embarga por ese encuentro que vaticina ser fatal.
13:55: Saluda al chófer con una inclinación de cabeza.
14:06: Cruza la plaza dónde las madres con sus hijos disfrutan el sol de la tarde, antes que el frío sea inclemente.
14:17: La puerta del bar al cerrarse. Una mesera, a la que nunca mira a la cara, preguntándole que quiere beber. Café, siempre café.
14:19: Una risa tonta que suelta una adolescente en una mesa de al lado… 

Y finalmente alza la cabeza, y lo primero en lo que se fijan sus ojos en todo el día es en él. Cabello oscuro, ojos de un color indescifrable, que pueden parecer tanto de color miel como el color de las hojas podridas de otoño, nunca pudo descifrar esos ojos sin color, ajenos, que la miran con insistencia, contrarrestando con su carácter usualmente desinteresado.

—Te decidiste a venir, por fin. ¿Demasiada gente en la calle? ¿Estás bien? —habla sin pausas, lo que la hace marearse. Lo mira atónita, con ojos de vaca, como si no tuviera alma ni sentimientos. Quisiera ser realmente idiota antes de reconocer que ya no lo quiere pero que a la vez lo ama tanto que no lo puede dejar, a pesar de lo que pasó el jueves. También pasó el mes pasado, y el anterior, hace un año que se repite pero ella no lo quiere aceptar. Ya tiene bastantes conflictos para que Damián se convierta en otro problema a solucionar. A él nada parece importarle, todo lo arregla con una media sonrisa y un suspiro, con ese aire de superioridad que parece envolverlo. Ella es la que está en tratamiento pero quisiera gritarle que es él quién debería estarse tratando. De cuarta, caradura sin límite.

—¿Por qué no pedís algo para comer? —tiene el atropello de decir mientras señala una torta de chocolate bañada en crema que está comiendo.


—No puedo, estoy a dieta —declara Selena con más violencia de la que se propone.

—Siempre estás a dieta, tomá, proba un poco, está espectacular —le planta el plato delante. Ella mira por el enorme ventanal que da a la calle y empieza a contar los autos que pasan. 1, 2, 3, 4, 5… Así llega a sesenta, es una calle transitada. Hace varios minutos que está contando para olvidarse del plato de torta. Damián interrumpe su concentración con el ceño fruncido.


—¿Estás bien, Sele? Se te está enfriando el café.


—Cerda —contesta ella y se tapa la boca. No sabe cuando llego el café, tampoco recuerda cuándo se comió la torta, distraída mientras contaba los autos quizás. Siente el gusto amargo del chocolate, la crema como tierra estancada en su garganta, tiene arcadas. Corre al baño y vomita en el piso antes de llegar al inodoro. Desenrolla el papel higiénico con fuerza, ese que parece cartón de color marrón que hay en los bares, y limpia como puede.

Se lava la cara sin mirarse en el espejo, lo único que vio hoy fue a Damián y después autos. Se propone no ver nada más en el resto del día, así ese rostro hermoso quedará grabado en su cabeza cuando por fin diga basta. Cuando deje de someterse a las manipulaciones de los hombres que ama. Primero su padre, ahora su pareja, mañana, ¿quién sabe? Algún otro mediocre sin vida propia.

—¿Estás bien, Sele? —pregunta él, con sus ojos de arena desprovistos de sentimientos. Se levanta y la toma del brazo preocupado. A Selena el contacto le quema, duele. Sonríe ampliamente y se sienta ignorando el gesto de afecto y preocupación.

—¿Conocés la historia de Eos y Titono —pregunta. Él la mira extrañado. No esperaba que la conversación fluyera hacia ese lado y niega con la cabeza—. Lo leí en un libro el otro día. Titono se había enamorado de Eos, la diosa griega del amanecer: Aurora. Él era un mortal, hijo de reyes, a su hermano y a él no les faltaban pretendientes ya que eran portadores de una belleza admirable. En un amanecer helado Eos se enamoró de él y esa misma tarde corrió a pedirle a Zeus la inmortalidad para quién había decidido que fuera su esposo, su único amor. El padre de los dioses se lo concedió, pero por un descuido de Eos en su pedido, la juventud eterna nunca le fue dada. Por desgracia Titono se encogía y arrugaba haciéndose cada vez más viejo, sin que Eos pudiera hacer nada para remediarlo. Pero ella lo cuidó con infinita paciencia, hasta que Titono se hizo tan pequeño como un grillo. Por eso Eos llora todas las mañanas produciendo rocío con sus lágrimas, Titono se alimenta de las mismas y, cuando Eos le pregunta qué desea él le responde en latín: “Mori, mori, mori…” que significa estar muerto. Vos sos como ese grillo inmundo, Damián, pero te sigo amando.

Damián la mira perplejo. En sus ojos se levanta una tormenta, se oscurecen, la observan con furia, si no estuvieran en un lugar público, él ya habría levantado la mano para darle una cachetada bien propinada. La pesadilla más recurrente de Selena es que Damián le pega en la calle, en unos de esos puestos de hamburguesas al paso. Siempre la misma pesadilla, donde la noche oscura cubre todo. 


Se acabaron los hombres insectos para Selena, había decidido que su vida de ahora en más sería un amanecer, la aurora de Eos guiaría su camino. Se levanta y sale del bar sin decir otra palabra.

15:35: Las bocinas de los autos mientras cruza distraída la calle, sin mirar.
15:37: Levanta la vista por segunda vez en el día. Un niño le pide una moneda, más adelante un hombre la saluda, alto, de cabellos claros, su mirada es luminosa, no hay tormentas de viento en aquellos ojos, sólo paz. Sonríe. Piensa en Aurora, piensa en Eos. Escapar. 

©denisemorzilli

CARTA A NUMA

Relato

Hola Numa, tal vez te acuerdes de mí, en el pueblo era tu vecino, has jugado innumerables veces conmigo pero después creciste y decidiste creerle a los que te decían que yo era peligroso, que era una mala compañía. No te he vuelto a ver desde entonces. La dama anciana se enfadó mucho cuando me dejaste de hablar, yo era chico y hay cosas que apenas retengo en la memoria. Tu rostro es un recuerdo borroso pero tengo presente las tardes de verano, jugando en el jardín florido sobre un césped de un verde asombroso, como no he vuelto a ver en años. Repentinamente me encuentro sumergido en el pasado, no sé por qué, quizás porque hace días que camino sin ver a nadie en este camino monótono, o porque la lluvia cae con pasmosa lentitud convirtiendo el paisaje en un ambiente hostil. El lodo cubre mi cuerpo haciendo pausado mi avance. Alzó la vista al cielo buscando un rayo de luz entre la niebla gris. Nada. Ya no quedan amigos tampoco, si supieras que tan solo el recuerdo de nuestra pasada amistad es lo que me hace seguir.

Es ridículo que antes de la lluvia me quejara del viento, que me hacía compañía furioso, al menos dándome coraje para avanzar. En cambio, desde que empezó a llover es como si mi cuerpo quisiera hundirse en la tierra húmeda, anclándome para siempre en este desdichado lugar. Ahora me desespera el silencio que me rodea, esta quietud inalcanzable, prefería el viento a fin de cuentas. Uno se pasa la vida quejándose de las cosas que luego quiere recuperar, y así volver al mismo ciclo de inconformismo.

Ya no puedo seguir, Numa. Tengo sueño, hambre y ahora, gracias a la lluvia, algo de frío. El silencio me perturba, me zumban los oídos como si estuviera en un sueño denso del que no puedo despertar. Ojala sea un sueño y cuando me despierte estemos juntos, jugando en el jardín verde. Busco refugio bajo un tronco y espero. No sé qué espero, pero espero algo. Recordarte un poco mejor quizás, o algo más sencillo, como que paré la lluvia. Las intensas gotas caen formando canales y charcos de agua a mi alrededor, me tranquilizan, son el único sonido audible a kilómetros. Pruebo el agua fresca y mi estómago deja de crujir. Es como si el mundo entero hubiera desaparecido, me preocupa no ver a nadie alrededor. Por eso entenderás, que cuando veo a la chica de ojos blancos y cabello oscuro me inquieto, me repliego más bajo el techo que me proporciona el tronco caído y la observo asombrado y algo curioso hasta que decido salir. Puede ser que ella lleve algo entre sus brazos, un perrito o simplemente un abrigo, no podría decirlo, estoy más concentrado en sus ojos vacíos y esquivos mientras avanzo dos pasos en su dirección. Ella fija la vista en mi incomoda, sin saber si seguir caminando hasta que decide esquivarme con una completa falta de cortesía, sin dejar de mirarme de reojo. Trato de demostrarle que no soy malo, no soy lo que decían de mí, Numa, pero ella salé corriendo a una velocidad que no creo que sea posible en un ser humano normal. Un largo bostezo anuncia que tengo que dormir un par de horas y dejar de escribirte esta carta mental. Convencerme de una vez por todas que no puedo llamarte con el pensamiento, ojala pudiera. Pero como todas las personas en mi vida, me has abandonado, como esta chica que decidió huir antes de acercarse. La dama anciana nunca me abandono, estuvo conmigo hasta el final, no quise hacerle daño, no soy malo, Numa. De verdad no lo soy, solo sigo mis instintos. ¿Es un pecado eso? Yo la quería tanto y la extraño, ya no tengo a nadie.

No sé en qué momento me quede dormido. Me despertó un hombre delgado de mirada tan pálida como la de la chica, como la de todos los humanos que habitan este mundo lluvioso. Habla en un idioma que desconozco, se parece un poco a vos, Numa. Me tiende la mano y yo acepto su compañía porque estoy solo y no tengo dónde ir. Ya no llueve, una capa de nieve cubre el suelo antes fangoso. El hombre me abraza en señal de afecto, proporcionándome calor y palabras tranquilizadoras. En su particular idioma intenta explicarme algo que solo comprendo cuando, muy a lo lejos, oigo el aullido, un bramido lejano que parece devolver los sonidos. El fin aún no ha llegado, quedan otros de mi especie, la salvación quizás está más cerca de lo que pienso. Este humano me guiara a la manada.

Hasta siempre, Numa. Nunca te olvidare. Mi primer amigo humano.

©denisemorzilli


MEDANIA

Fragmento de MEDANIA ~ descargar primeros capítulos

La lluvia cae sobre el paraguas haciendo un ruido casi musical que me recuerda el sueño de la noche anterior. Pienso que no es el momento apropiado, pero me dirijo hacia el pub con un dejo de culpa que parece evaporarse ni bien llego. Una calidez que hace tiempo no siento llena mi pecho. Quizás porque ese día no voy a estar atendiendo mesas. Ese día, aunque no es el apropiado, me sentaré, pediré un café para empezar y luego una costosa cerveza importada de color negro ambarino. Sentada en mi mesa preferida, al lado del gran ventanal desde donde se aprecia la hermosa peatonal arbolada y de fondo, desdibujadas, las montañas.

Los colores lucen más brillante gracias al gris plomizo del cielo. Adoro cuando el sol se oculta dando paso a esos grises nubarrones, creo que un pub es el mejor lugar para estar en una tarde de lluvia. La cálida madera del interior me hace olvidar que afuera la gente corre a refugiarse bajo los aleros, que la lluvia se adhiere a la piel… Allí, amparada por las acogedoras paredes de madera, en donde los sonidos son apagados, el mundo parece detenerse por un momento. Todo se reduce a una intimidad llena de aromas dulces y luces tenues provenientes de algún mundo mágico, como pasar una tarde en una taberna medieval. El pensamiento invade mi mente con palpable realidad, imagino aquel mundo, ese que visito cada noche. Un ambiente apropiado al medioevo, gente sencilla, sin demasiadas aspiraciones, viviendo con seres de la naturaleza que protegen sus bosques. El mundo mágico al que acudo cuando el desasosiego de la vida cotidiana me satura.

©denisemorzilli


LA NOCHE Y LA LUNA

Fragmento de MEDANIA ~ descargar primeros capítulos

La Noche le preguntó cierta vez a la Luna por qué brillaba con tanto ímpetu iluminando todo con su hermoso resplandor. La Luna, imprudente, le contó que llevaba una perla, que adornaba su vestido blanco, y que la hacía feliz porque gracias al adorno todos los ojos se fijaban en ella.

Durante el día pasaba desapercibida sin la perla. En cambio, durante la noche, la llamaban hermosa y única por su brillo incomparable. La Noche no entendía la arrogancia de la Luna que sólo aspiraba a ser amada y aceptada por desconocidos. La felicidad de la Noche se basaba en hacerles perder el rumbo a los viajeros en su oscuridad impenetrable.

Cierto día, aburrida de que los viajeros no se perdieran, gracias al resplandor inagotable de la perla, llamó a una estrella pequeña y rencorosa para que le quitara la perla a la Luna. La estrella, cansada de que nadie le prestara atención, salió antes del amanecer, mientras la Luna dormitaba, y le robó la perla.

La tristeza de la Luna cuando despertó y no encontró su amada perla fue tan grande que no paraba de lamentarse y la Lluvia la acompañó con lágrimas de dolor por varios días, arruinando las cosechas e inundando los campos.

El Sol quiso saber qué pasaba y descubrió la maldad de la Noche. Le pidió a la Luna que le dejara ocupar su lugar. Aquella noche fue un día eterno y la Noche disgustada se tuvo que retirar, amenazada por el Sol, que le advirtió que no habría más oscuridad si no le devolvía la perla a la Luna. La Noche devolvió la perla pero antes ofreció un trato: La Luna se quitaría la perla durante unos días al mes, para que la Noche mantuviera su reinado. La Luna accedió feliz.

Desde entonces, durante unos días cada mes la Luna no brilla en el cielo y los demonios salen a cazar a sus presas, mientras los elfos prenden velas en las puertas de sus casas y llaman a las luciérnagas del bosque para que los iluminen, porque la Noche acecha malvada en cada rincón, colmando todo con su negrura.

©denisemorzilli


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