Los libros serán mi hogar, vendrán conmigo a dónde quiera que vaya.

SOBRE EL AMOR

Cuento

“El Amor”, pensaba y sonreía. Después pensaba: “El Amor”, y suspiraba.
¿Acaso un sentimiento tan grande podía describirse? 

No sabemos lo que es el amor hasta que pasa, y la mayor parte del tiempo es solo cariño o nostalgia.
“Entonces miró a los ojos a su amado…”.

Ella bailaba, desde chica, horas y horas, danzaba, hacía piruetas y saltaba con una gracia estimable. Ese día la había ido a ver, pero su Amado estaba junto a ella. La persona que Alicia decía amar, la persona a la que tenía en gran estima, y quizás, por la que sentía un poco de compasión porque sabíamos que el amor era otra cosa: Era lo que ella sentía por mí y lo que yo por ella. El Señor Amado no era más que un ser que cerraba los ojos para no ver que su amor, en realidad, no era correspondido y que ella tendría que estar conmigo.

La música cesó de golpe.

“El Amor”, pensó ella y sonrió. Después pensó: “El Amor”, y suspiró.

Porque siempre pensamos lo mismo, siempre hacemos lo mismo o lo decimos. Y no hay forma de expresarlo, porque son las mismas palabras que usa el común de la gente para describir sus amores pasajeros, que no son amores, son miedo a la soledad: Cariños, aprecios que no pasan de ahí. La gente confunde nuestro amor con esas nimiedades básicas. Con el deseo de estar con cualquier persona para no estar desamparado. O quizás realmente tienen sentimientos reales pero si no reciben lo mismo de su par, como en el caso de el Señor Amado, no sirve de nada. Eso es amor de un lado, amor a la inversa. Amor al cuadrado, amor que no cuadra, cuentas numéricas que no cierran, soles que no salen, atardeceres que no son, lunas que no brillan, ojos que no se tocan, almas que no se entienden.

Y ella no quiere estar conmigo, porque estar conmigo le Duele, porque a mí me ama. Estar con el Señor Amado le resulta demasiado cómodo. Repite frases como: “Me voy a casar con él en marzo”, “Es el amor de mi vida”, “La primera vez que lo vi me enamore de él”, “Somos el uno para el otro”.
Se convence hasta lo imposible. A mí no me cataloga, yo soy el hombre que siempre estuvo esperando, el que no puede describir, el que parece salido de una novela gótica o de un cuento de hadas. Soy algo a lo que no le puede poner nombre, soy un dolor en el pecho que no se puede designar con una palabra. Una palabra tan etérea, una palabra que la gente hizo tan común y aceptable.

Si estás enamorada es imposible decirlo, expresarlo, se ve en los ojos de uno. No se puede contestar con tanta desenvoltura, no con esa cara estática y carente de todo con la que dice: “Lo amo tanto. Estoy enamorada”.

Ese auto engaño fatal: unos pasos en el retroceso humano, unas ansias de compañía que nos impiden ver nuestros verdaderos sentimientos, la verdadera esencia. Un miedo enorme a entregar el corazón.
La clase de ballet había terminado, el Señor Amado aplaudía eufórico. Me acerque con tranquilidad. Ella se soltaba el pelo recogido, guardaba unas cosas en su bolso. No me había visto. Las alumnas que salían apresuradas, al encuentro de algún amante o a la soledad hermética de sus hogares, me empujaron presurosas. Avance, aparte el flequillo de mi cara, sonreí. Esa sonrisa dolía, dolía más que llorar, dolía más que tenerla cerca.

“Alicia”.

Ella se dio vuelta, como si viera un fantasma. Ya no se veía al Señor Amado por ningún lado, me acerque, mis labios rozaron su cuello delicado: “Te amo”. Susurré algo más, no recuerdo qué y la bese en los labios sin esperar nada a cambio. El amor da todo sin esperar recompensas, como decía mi abuelo.

El Señor Amado se acercó a grandes pasos y se la quedó mirando, no me dirigió la mirada ni por un segundo. No dije nada, me marche con suma tranquilidad. Baje las escaleras, afuera llovía, ya no me importaba el agua, el agua me parecía maravillosa sobre mi rostro. Había olvidado mi paraguas en el estudio. Sonreí. No sé qué sería de mí pero ya no habría casamiento en marzo para el Señor Amado.

La soledad es mejor a veces, pensó ella, lo pensé yo… La soledad es mejor que el conformismo eterno.

©denisemorzilli


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